Los lagartos (asociados a lambones, lamedores, trepadores o en España a los que hacen la “pelota”, entre muchas otras expresiones) existen en todas partes: en el sector público y en el privado, en círculos sociales y profesionales,  en China como en Colombia -sin embargo, es verdad que aquí  en Colombia pareciera ser una plaga más aceptada, o una especie que desconoce la discreción. Son seres que, con el fin de venderse, dejan de  lado su dignidad y aplican la adulación sin escrúpulos construyendo una imagen de sí mismos ideal ante los ojos de su “target”.

Sí, efectivamente, son excelentes constructores de marca personal…. ¿Buen marketing entonces? Personalmente no creo que el fin siempre justifique los medios. Además, este tipo de “estrategias” son disfuncionales por dos razones.

  • Por ingenuo que parezca, una marca (corporativa o personal) no puede basarse en la apariencia. Tal vez en nuestra época de lo audiovisual y lo inmediato, en donde la imagen manda, una marca personal basada en técnicas de lagartería triunfe en sus objetivos a corto plazo, sin embargo, por la dimensión efímera de todo en esta misma época, un triunfo construido en la apariencia, lo superfluo y lo vacío se estrella contra una realidad de concreto y de olvido. Es como comprar un producto que, por vía de publicidad engañosa, nos vende maravillas, pero del cual no tardaremos en descubrir sus deficiencias… ¡Ay los lagartos, tan atentos y ruidosos, como escurridizos, sangre-fría y poco resultones!
  • El lagarto es un atentado contra la idea de equipo, de sociedad y de construcción colectiva. El lagarto es egoísta, ególatra y con una percepción alejada de la realidad, además de facilista y mediocre. Y es que, finalmente, no es juzgado por su talento o su capacidad de trabajo, sino por el aprecio que ha conseguido por parte de un tomador de decisiones. Esto es grave en una estructura ya que desafortunadamente puede derivar en la incapacidad o mediocridad a la hora de cumplir sus funciones, afectando a su vez, al todo –sin contar la generación de malos ambientes o sensaciones de injusticia en los equipos-. Sume la cultura de la mediocridad del lagarto, a la cultura del dinero rápido del traquetismo, y obtenemos un país como Colombia…

En su blog, Efrén Barrera Restrepo, propone una definición bastante completa de estos seres insoportables, rastreros pero con objetivos muy claros:

“En el ambiente político de Colombia, este término es muy usado y con el se trata de calificar a aquellos comportamientos  de las personas que andan detrás de  los políticos para conseguir unos de sus  favores (usualmente una carta de recomendación, un cargo, o una influencia de  una contratación, y otros) que  en su pavoneo ceremonial dejan a su paso. Este personaje para lograr esas ‘migajas’ del poder que usufrutua el político, hace unas acciones de reverencia, de ‘paje’ o bufón, que hace recordar las figuras  feudales y cortesanas y por ello, no sólo puede cargar al maletín del Señor o su abrigo, sino que llega a extremo del servilismo, sin que ello sea para él, indignante; pues esta  tan seguro de sus logros que no le importa, sino el ascenso social que puede alcanzar. Así, no hay entonces momento ni minuto que el político pueda escaparse, ya que el lagarto estará siempre ahí, junto, pegado a su lado, para aprovechar todas las oportunidades que se puedan  presentar y de tantas, seguro que hay una que salva y compensa los tiempos invertidos en su compañía.

(…)

Para aclarar en tubabel, encontramos la definición de lagarto como “el arribista, persona que intenta elevarse por cualquier medio en la escala social o política”, en general y para Colombia, en particular: como la persona “que adula a alguien para obtener sus favores. Aplica mucho en materia política. Lambón”. En el diccionario de la RAE: “hombre pícaro, taimado. Y en esta consulta curiosamente, encontramos que un cibernauta, dejo su nombre en este diccionario virtual, así: “pereiran: lagarto también significa persona muy velona qe todo lo kiere tener y pedir(sic)”. Pero  la definición más descriptiva, está en Fauna Social Colombiana de Antonio Montaña (1987.Bogotá. ed. Gamma): “hay lagartos con títulos nobiliarios, lagartos ricos, lagartos aristócratas, lagartos lobos, lagartos de medio pelo, de club, de redacción, lagartos de coctel, de tienda, de asamblea de accionistas, de foros y reuniones internacionales. Pero todos son inoportunos… siempre está dispuesto a lanzarse a la palestra social esgrimiendo unas armas de las que se cree dueño y señor: el ‘don de gentes’ y la simpatía”.

Existen dos tipos de lagartos: los comunes y los trepadores. Los primeros trabajan, -en términos de la psicología- por la proyección del ‘Grande’ sobre su vida.  “De allí su particular suntuosidad, la medida estudiada de su sonrisa, la sobrecalidez de su saludo, el estruendoso golpe en las espaldas del deudo, el apretón demasiado prolongado de la mano en el saludo y su heroica aptitud de estatua cuando los interlocutores que abordó suspenden la charla y permanecen en el silencio mientras que el lagarto se lanza a la introducción de su discurso… Es capaz de acompañar a una pareja en luna de miel hasta en la alcoba… de sentarse frente a una redacción de un periódico y decirle: ‘No te preocupes, viejo, mientras tú te desocupas, yo leo algo’. O de tomar asiento en el restaurante diciendo: ‘más vale llegar a tiempo que ser invitado’… su vocación sí es muy definida: la del servilismo. Frente a los políticos, a quienes comienza diciendo doctor y puede terminar llamando ‘gordo’, propone siempre la entrega de su entusiasmo y su servicio a la causa ‘sin interés alguno’. Y con una magnanimidad, que llega a ser convincente, ofrece toda una gama de de pequeños servicios a cambio de los cuales obtiene lo único que finalmente ansía: poder codearse con el ‘grande’ y adquirir por traslado mágico, las virtudes que en él ‘admira’.

De otra parte, los trepadores, que levemente se diferencian de los comunes, apelan a la debilidad humana de la vanidad. “Acorazado, -nos dice el mismo autor Montaña- e inmune a la íntima vergüenza que el sentirse servil produce en otras especies, el lagarto trepador está siempre atento a llevar el sobretodo del vecino, si a cambio de este acto, puede obtener mañana alguna gracia. Y mientras corretea tras del personaje seleccionado musitando elogios, asintiendo rebuznos, teje la red que lo hará mañana, para su víctima, un personaje indispensable… Estará dispuesto a recoger la correspondencia del apartado, inicialmente, y si le dan oportunidad, a contestar luego cartas rutinarias. Así, sin que nadie lo note, este secretario Ad honorem, que se ha convertido ya en la sombra de su patrón, se establecerá como un filtro, y podrá manipular a su acomodo relaciones y actividades de quien ha seleccionado como primer eslabón para el ascenso. Y convertido ya en el generoso hombre de confianza, sin pedirlo, comenzará a recibir los beneficios de su tarea… dotado de imaginación y casi siempre de inteligencia, podrá convertirse en transmisor de información, primero; de chismes después. Finalmente, seguro ya de poder dar el próximo brinco solo, salta y recomienza su ascenso en un escalón superior sin perder, eso sí, su disciplina de perchero… es un sensualista de las oportunidades de ascenso… El ascenso rampante del lagarto trepador tiene una explicación en la actitud de la antigua clase dominante y mucho más claramente en la aristocracia, que por obra de su pereza y no tanto por la creencia en la democracia, dejo la rendija necesaria para darle paso. Como lo tuvo todo: poder, dinero, influencia y en su dolce far niente, la capacidad de colmar todos los caprichos, perdió su programa de apetitos, y con él, la capacidad de acción. Dejó entonces a la elasticidad del lagarto trepador campo libre para llenar los huecos, y lo instituyó como suplente cómodo de una actividad incómoda: el trabajo. Ahora bien: es cierto que gracias a esta providencial pereza, la clase media adquirió cartas de ciudadanía productiva, pero también, y porque el grupo trabajador mantenía su dignidad y no aceptaba la regla del servilismo para la cual sí estaba dispuesto el trepador, el movimiento social tomó dos sendas: la del trabajo con el pudor que resguarda la dignidad, y la de una ambición que desconoce la vergüenza, o la convierte en moneda para adquirir oportunidades”.

De esta manera el trepador fue reemplazando la aristocracia en los cargos altos y bajo el postulado de la igualdad y la fraternidad y especialmente en la política, que es la más se presta para los mandados y en la burocracia, donde los cargos, son sobretodo en-cargos de los poderosos, que gozan de las personas que juegan a la venta de sus imágenes, al juego del billarista a tres bandas, al disimulo y la simulación, la hipocresía y el cinismo y donde se confunde el liderazgo con la suerte del bribón.
El lagarto permanece en la medida que crece su complacencia a los caprichos de su patrón, pues si algo lo diferencia, es que siempre dice si, nunca se niega a darle gusto a su jefe. En el parlamento es bien fácil distinguirlo, ya que cuando vota mira sonriente al promotor de la idea triunfante. ”

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